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Opinión

Impeachment a Trump: crónica de un resultado anunciado

Impeachment a Trump: crónica de un resultado anunciado Impeachment a Trump: crónica de un resultado anunciado
7 de Febrero de 2020

Este miércoles 5 de febrero no hubo sorpresas. El Senado de los EEUU votó mayoritariamente por desechar los 2 cargos que se habían presentado en la Cámara de Representantes contra el Presidente Donald Trump (abuso de poder y obstrucción al Congreso en relación a un escándalo de presiones contra Ucrania para perjudicar a un rival demócrata).

El proceso de impeachment (juicio político contra el Presidente) y su votación se atuvieron estrictamente a la composición partidaria en cada cámara. Se originó en la Cámara de Representantes donde el Partido Demócrata tiene mayoría, y fracasó en el Senado, el cual actúa como jurado, controlado por los republicanos. 

Se trataba del tercer proceso de impeachment en la historia de los EEUU, habiendo sido el primero contra el Presidente Jackson en 1868 y el segundo contra Bill Clinton en 1998-99. En los tres casos el Presidente fue absuelto, aunque la diferencia con Clinton, es que este llegó a temer efectivamente por su destitución y pidió públicas disculpas por su conducta. Donald Trump en cambio nunca reconoció siquiera haber cometido una infracción y, en su estilo provocador, ha dejado en claro que no cambiará su forma de gobernar.

El resultado no sorprendió a nadie porque para destituir a un Presidente se requiere de 2/3 del Senado y actualmente su composición es de 53 republicanos y 47 demócratas. A lo anterior se suma la polarización que afecta la política estadounidense, especialmente desde que asumió Trump.

Todos los sondeos destacaban lo que es evidente: una brecha que divide a toda la sociedad de EEUU y que no cesa de profundizarse. Los demócratas, jóvenes menores de 30 años, las mujeres y las minorías étnicas abrumadoramente apoyaban el impeachment (sobre 80% en algunas categorías), mientras que los republicanos, blancos, de mayor edad y menor cantidad de años de estudio y calificación laboral, rechazaban el mecanismo y la intención de destituir al presidente también en forma contundente. Esto se reflejó en la misma medida en el Congreso, donde los miembros de cada uno de los partidos, con rarísimas excepciones, adhirió a la posición de su electorado.

Si el desenlace ya se conocía, ¿por qué se acusó al presidente y cuáles son y serán las consecuencias? Revisaremos algunos aspectos de la verdadera trama tras el impeachment.

Recordemos que, al triunfar en las elecciones presidenciales, Trump también lo hizo en ambas cámaras del Congreso. Fue una campaña muy virulenta desde el inicio y Trump, quien partió compitiendo en las primarias republicanas como un outsider, terminó conquistando al Partido Republicanos desde adentro, confirmando un proceso de radicalización ideológica hacia la derecha de ese partido, en lo que sin duda es una gran transformación desde su fundación.

 En los comicios de mitad del período en 2018, perdió el control de la Cámara de Representantes y los demócratas empezaron a tomar la ofensiva política, después de la inesperada derrota del 2016, con la intención además de poner algún control a un presidente que se ha saltado un montón de normas escritas y no escritas en el frágil entramado de pesos y contrapesos de la democracia estadounidense.

La oportunidad se presentó con el escándalo ucraniano, que tuvo como trasfondo la clara intención de enlodar a quien tendría mayores posibilidades en las primarias demócratas, el ex Vicepresidente Joe Biden. Aún a sabiendas que no se lograría la destitución presidencial, los demócratas decidieron ejercer igualmente la acusación con al menos 2 objetivos: dejar en claro al presidente y, más importante, al país, que la democracia tiene una ética mínima, sin la cual corre serio peligro. Si no resultó, por lo menos el Presidente Trump y su administración deberán ser mucho más cuidadosos para no infringir la Constitución y las leyes, so pena de volver a desatar el mecanismo. Junto con lo anterior, el propósito era dejar en evidencia la amoralidad sistemática de la conducta presidencial, quien no ha escatimado en privilegiar el medio que sea con tal de obtener el resultado buscado. Desnudando al personaje y sus acciones recurrentes, esperaban afectar en forma relevante sus posibilidades de reelección en noviembre próximo.

Las semanas de testimonios y la cobertura mediática dejaron evidencia la gravedad del episodio, pero, al menos en lo inmediato, no parecen haber logrado su propósito.

En primer lugar, la figura presidencial salió fortalecida. Las encuestas muestran que aumentó su popularidad y no hubo ningún amago de reconocimiento de algún tipo de falta. Más aún, Trump denostó desde el inicio el procedimiento como un abuso de las instituciones, con una clara intencionalidad política, desviando la atención del Congreso de otros temas importantes para la población. Este fortalecimiento no es solo en términos personales, sino también institucional respecto del Congreso. Trump, en este caso el Presidente, alineó a su partido para apoyarlo incuestionablemente. Solo se salió de la línea el senador Mitt Romney, quien fuera candidato presidencial anteriormente. Por tanto, el resultado del impeachment parece confirmar que la democracia estadounidense sigue avanzando hacia un hiperpresidencialismo, en el cual el Congreso juega un rol menos relevante.

Queda también en evidencia, como en un período tan corto, Trump ha pasado a controlar el Partido Republicano, casi como un caudillo latinoamericano.

Respecto de las próximas elecciones generales en noviembre, en las cuales además de elegir presidente se renueva completamente la Cámara de Representantes y 1/3 del Senado, el ejercicio demostró que los senadores republicanos no evaluaron como un riesgo electoral defender a Trump.  

Por el lado de las primarias demócratas habrá que ver a quien favorece el fortalecimiento de Trump, si a una postura más alternativa y opuesta como Bernie Sanders, o a un candidato más del establishment y conciliador como Joe Biden (quien además era el objetivo de la operación ucraniana). El primer caucus en Iowa ha favorecido a rostros nuevos y a Sanders, dejando relegado a Biden. Pero esto recién empieza y, más allá del efecto sicológico que ejercen los estados más pequeños que dan inicio a las primarias, la elección se resuelve en los grandes.

En síntesis, después de intensas semanas y el tercer intento de impeachment en la historia de EEUU, el panorama resultante nos muestra un presidente fortalecido frente a las próximas elecciones, frente al Congreso y como figura central del Partido Republicano (del cual fue parte Abraham Lincoln). No parece haber habido cambios en el apoyo de los votantes republicanos.

Considerando el sistema electoral estadounidense, de votación indirecta (cada estado elige un número de electores que se adjudican completamente a la primera mayoría), es perfectamente posible que un presidente gane teniendo menos votos. Trump fue electo con casi 3 millones de votos menos que Hillary Clinton y, de mantenerse los guarismos actuales en las encuestas, es perfectamente posible que se repita el fenómeno. Como se dijo, la conducta de los senadores republicanos que van a la reelección es un indicador de aquello. Ello se sustenta en una adhesión crecientemente rígida a cada opción partidaria.

En situaciones polarizadas como las que vive el sistema político estadounidense, ganar las elecciones pasa a ser crucial. Pero, aunque en política los casi 9 meses hasta los comicios de noviembre son una eternidad, la cuesta será mucho más empinada para los demócratas. Estos, además de estar en el proceso de elegir a su candidato entre opciones que hasta ahora no parecen del peso nacional requerido, enfrentan un período de bonanza económica que favorece al incumbente.

Por último y mientras la política y la campaña siguen con sus dinámicas, se está instalando el peligroso precedente, reflejado por el episodio del impeachment, pero también por numerosos estudios recientes, de que los principios éticos que sustentan la democracia se han debilitado en la sociedad estadounidense, haciendo que el foco se traslade sobre el fin y los resultados, en desmedro de los medios. En esa línea, Trump es tanto conductor como consecuencia de estos cambios.

En las elecciones de noviembre está en juego algo mucho más trascendente que la renovación de cargos. Podría ser la consolidación de una forma de hacer política que permee otros aspectos de la sociedad estadounidense y que, de triunfar Trump, podría inaugurar un nuevo ciclo en ese país con consecuencias profundas localmente y para el resto del mundo.

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