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Opinión

La posibilidad de una isla

La posibilidad de una isla La posibilidad de una isla

De lo que hagamos en estos días, dependerá el  mundo del mañana. ¿Por qué no pensar en una sociedad mundial menos desigual y más sostenible?

22 de Marzo de 2020

Michel Houellebecq escribió una novela con el título de esta columna, que aplicaría perfectamente a la realidad que se está configurando, más allá de que la trama de su obra sea de ciencia ficción, pero con temas filosóficos, políticos, tecnológicos y morales, algunos de los cuales tienen plena vigencia y nos interpelan hoy.

Pero volviendo a la imagen del título, probablemente por primera vez desde la II Guerra Mundial no se había generado una alteración tan grande en la producción, flujos comerciales y la movilidad de las personas a nivel global. Diariamente somos testigos de cómo se cierran fronteras e incluso al interior de numerosos países se ha declarado la prohibición general de desplazamiento. Lo que hasta ahora era un mundo hiper integrado, en pocas semanas se ha vuelto una suerte de archipiélago de islas incomunicadas entre sí.

Las cadenas productivas globales están interrumpidas o funcionando parcialmente, y la movilidad de las personas entre países reducida al mínimo. Y todo esto producto de un virus que se ha expandido exponencialmente, precisamente a caballo de la globalización. ¿Quién iba a pensar hace unas semanas atrás, incluso en la peor proyección, que una pandemia iba literalmente a paralizar el mundo? Claramente nadie, lo que explica la sucesión de errores y reacciones tardías que han agravado el fenómeno en varios países. Ha contribuido también a ello, la sensación casi general de que las pestes y pandemias mortales son fenómenos del pasado, y que la ciencia y la medicina pueden responder rápida y efectivamente a los problemas de salud. Pues bien, a pesar de los inmensos progresos que han incrementado globalmente la expectativa de vida, el coronavirus se ha encargado de recordarnos cuán frágiles y mortales somos.

Si al inicio del fenómeno, cuando se desató en China, la mayoría de los analistas de todo tipo pensaba que esto iba a generar una disrupción pasajera en la cadena productiva y que evidentemente iba a golpear la economía mundial al ser dicho país el fabricante de una parte muy relevante de las manufacturas mundiales (ya sea en productos intermedios o finales), nos encontramos ahora en un escenario de crisis sin parangón, con una drástica baja en la producción mundial a todo nivel, lo que se está traduciendo en desempleo y contracción del gasto por la incertidumbre reinante, y la pérdida significativa del poder adquisitivo de las personas. El modelo económico mundial, ha visto sus pilares resquebrajarse abruptamente. El ciclo del aumento productivo permanente fundado en el consumo, ha recibido una estocada profunda. En las anteriores crisis, cada cierto tiempo había una crisis que reducía el consumo y por tanto la oferta, pero siempre se generaba un efecto rebote, con mayor consumo y producción que el nivel previo a la crisis. ¿Volverá a suceder lo mismo cuando cese el contagio y el virus sea un mal recuerdo? Sin duda que retomará el intercambio y se reactivará el consumo, con sus efectos multiplicadores en la economía mundial. Pero es relevante preguntarse cuál será el legado y lecciones de esta inédita situación que atravesamos.

Sin ser economista, vislumbro, entre otras, las siguientes características que podrían emerger y tendencias que van a profundizarse:

La diversificación productiva. La capacidad manufacturera actual, especialmente la de mayor valor agregado, se ha ido concentrando en unos pocos países. Asociado a esto se ha desarrollado una red logística que cubre grandes distancias y por lo tanto se vuelve más frágil ante las contingencias. Ello genera una gran dependencia de unos pocos y presenta el riesgo permanente de la interrupción del suministro. Esto debiera llevar a desconcentrar geográficamente los centros productivos, acortando las distancias de suministros. En términos simples, no poner todos los huevos en la misma canasta. Si la guerra comercial entre China y EEUU ya estaba generando un movimiento de inversiones productivas, especialmente hacia el Sudeste Asiático, ahora habría que pensar en otras zonas como Latinoamérica y Africa donde hay poblaciones importantes y de creciente poder adquisitivo. En paralelo a esto se acelerará el internet de las cosas en los países, avanzando a la producción hogareña de muchos elementos. Si estas tendencias se dan en la línea mencionada, estaremos además impactando positivamente en la lucha contra el calentamiento global, al reducir sustantivamente la huella de carbono. Esto será retroalimentado por la tendencia en las generaciones más jóvenes de privilegiar el comercio local y justo.

Cambio en los patrones de consumo. Uno de los efectos de la crisis que vivimos es que a nivel mundial el nivel de vida se deteriorará, al menos en lo que a consumo se refiere. Como la vigencia de la pandemia es incierta, la duración de este efecto puede ser larga. Tendremos que cambiar mucho de nuestros hábitos, privilegiando los productos de primera necesidad y aquellos que sean más duraderos. Esto podría incidir positivamente en la dinámica de la obsolescencia programada que existe actualmente en el sector tecnológico (teniendo que cambiar forzosamente nuestros celulares, computadores e incluso artefactos de cocina cada cierto tiempo porque dejan de funcionar), volviendo a la lógica de contar con artefactos que duren mucho más tiempo y sean reparables. En materia de ocio, probablemente disminuirá el turismo de larga distancia, privilegiándose locaciones en el propio país o en el vecindario.

Cambios en el trabajo y en la cultura de negocios. La cuarentena preventiva o forzosa en todas partes ha implicado un espectacular desarrollo del teletrabajo, lo que no tendrá vuelta atrás. Esto incidirá sin duda en la desaparición de muchos empleos cuando pase la contingencia e impactará también en la forma de relacionarnos, disminuyendo seguramente en una proporción relevante los desplazamientos de negocios o por cometidos públicos.  

La seguridad alimentaria. Este tema que ha sido parte recurrente de la agenda comercial mundial y era considerado como una “barrera” (en la lógica de los TLC) a los intercambios, ahora cobra una nueva dimensión. Los países deben disminuir su dependencia externa y fortalecer su agricultura para poder abastecer su población en casos críticos como el que vivimos.

La cooperación multilateral. La pandemia del coronavirus deja en evidencia nuevamente que los problemas globales no pueden enfrentarse solos. Convertirse en una isla puede ser una medida que mitigue el impacto de la enfermedad, pero no es la solución. La solución pasa porque los países se coordinen y apoyen y para ello, hasta ahora no hay mejor alternativa que las organizaciones internacionales, ya sea a nivel global o regional. En vez de seguir desmantelándolas, hay que reformar estas entidades para que sean más ágiles y eficientes.

Sin duda vivimos tiempos duros y de incertidumbre, y podrán venir circunstancias y efectos aún más difíciles. La unidad y solidaridad serán fundamentales para mitigar el impacto de estas consecuencias. También el cambio de hábitos. De lo que hagamos en estos días, dependerá el  mundo del mañana. ¿Por qué no pensar en una sociedad mundial menos desigual y más sostenible? Irónicamente el coronavirus podría ser el catalizador para ello.

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