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Opinión

La selva de la calle

La selva de la calle La selva de la calle

"Nuestra sociedad está enferma desde que algunos exigen vociferantes sus derechos humanos, faltando flagrantemente al cumplimiento de sus deberes para con el resto de la sociedad".

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Ingeniero Comercial PUC, MBA U of Chicago y académico. Director AIEP, ex rector de INACAP y actual gerente general de Inmobiliaria Educacional SpA.

24 de Octubre de 2019

Estoy entre quienes pensamos que el ser humano es un equilibrado balance entre razón, sentimientos y sentidos, es decir, entre cabeza, corazón y estómago. Es ese balance el que nos permite ser conscientes, empáticos y sanos. No me cuesta entender los reclamos, me cuesta entender el fenómeno de violencia inusitada y concertada de la última semana.

Desde algún tiempo vemos cómo algunos de nuestros ciudadanos se desentienden del modelo de democracia representativa, no concurren a votar cuando son requeridos y asignan a eso que llaman “la calle”, que por cierto ellos creen interpretar, la representación del sentir y la facultad de tomar decisiones, de la población. En especial se aplica lo anterior a alguna prensa, erguidos en verdaderos Charles Lynch del siglo XXI.

El asambleísmo termina transformado el escenario, a partir de legítimas expresiones de descontento y demandas, en la selva que -paradójicamente- los mismos asambleístas dicen aborrecer. Domina el más fuerte, el más violento, el más provocador, el más frívolo, el más farandulero, el oportunista, el cobarde. En la calle y en las montoneras los liderazgos son embozados y nunca se identifican ni revelan sus verdaderas intenciones. Su único propósito es provocar las estampidas y luego desde la tribuna sacar provecho de las consecuencias. Bástenos observar el comportamiento de nuestros dirigentes; políticos, gremiales y ONGs. No se discute, no se argumenta, no se analiza con rigor, campea el eslogan, la mentira, la interpretación forzada o parcial de los hechos, la propaganda, la provocación, el ideologismo, el hedonismo y el carnaval. Es el desborde de los sentimientos subjetivos transformados en verdad objetiva.

En ese ambiente de euforia “la calle” baja la guardia hasta la supresión de los más elementales instintos de autopreservación, abrazando ideologismos repetidamente fracasados en el mundo y cuyo único propósito es alcanzar el poder. Después de la violencia, la calle estará peor que antes de ella. Miremos Venezuela como el último país en sucumbir a los cantos de sirena. La población se manifestó en contra de los abusos, fue presa del asambleísmo y terminó perdiéndolo todo, muchos de ellos emigrando a Chile.

Todos los propósitos de mejora que se pretenden alcanzar con el cambio por un sistema más justo, digamos francamente de izquierda, se resolverían mejor en el sistema que dicen querer sustituir, corrigiendo lo que esté malo. Los abusos que la gente acusa no son inherentes al sistema sino a su mala administración y algunos comportamientos individuales. Los problemas que hoy reconocemos han estado ahí por algún tiempo sin que nuestro congreso y el ejecutivo de turno se hayan abocado a resolverlos, enfrascados en procesos refundacionales ideologizados, con el único propósito de asegurase el poder y alejados de las necesidades de la gente.

Corrijamos los errores, pero como señala Jorge Correa S, no tiremos la bañera y la guagua. El sistema democrático es lo mejor que se conoce a la fecha, es el único que pondera de verdad el sentir de la población. Ninguno de los problemas denunciados ha sido originado en el último año y medio, sino en los últimos 30, a vista y paciencia de los gobiernos y los políticos de todos los colores. Han fallado las instituciones del Estado. No se salva ninguno de los poderes; ni el ejecutivo, ni el legislativo, ni el judicial.

La declaración de Derechos Humanos de las Naciones Unidas enumera 28 derechos y un solo deber, el número 29. Allí se señala que en el ejercicio de los derechos y disfrute de las libertades, las personas estarán sujetas a las limitaciones de la Ley, con el propósito de asegurar los derechos de los demás y las exigencias de la Moral, el Orden Público y el Bienestar General de la Sociedad Democrática.

Nuestra sociedad está enferma desde que algunos exigen vociferantes sus derechos humanos, faltando flagrantemente al cumplimiento de sus deberes para con el resto de la sociedad y esto viene ocurriendo ya por algún tiempo, en un abuso del mismo tenor del que acusan al sistema. La violencia no es siempre física. Tenemos que recuperar el balance entre razón y sentimientos. Lo que corresponde es modificar lo que está mal, pero respetar las leyes, el orden y practicar en los hechos el discurso que se predica. Ellos son la garantía de que podamos vivir en comunidad y reconstruir las confianzas perdidas. Hagamos un alto para reflexionar. Usemos los mecanismos democráticos para la solución de nuestros problemas, ese es el camino que nos traerá un futuro mejor.

No queremos cambiar este sistema, con todos sus problemas atroces, por otro en que en definitiva los únicos que andan en patines son los jerarcas del régimen y donde el pueblo pierde hasta los más elementales derechos; la calle abdica de todas las expectativas desoídas que hoy le enrostran al sistema, y lo pierden todo, partiendo por sus libertades y en especial la de manifestarse.

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